taller1.jpgHace algunos meses, aproximadamente 3 o 4 recibí una llamada a mi casa, donde funciona mi taller de crochet, no recuerdo el día, pero creo que fue sábado o domingo por la noche. La cuestión es que la persona que estaba en la otra línea del teléfono, me pedía que enseñara gratis a un grupo de señoras de un asentamiento humano de no se donde y tampoco quería saber en ese momento.

El resultado de esta conversación fue no bajar de la categoría de “loca de remate” a la voz que me hablaba por este común aparatito, que yo tenia ya ganas de estrellar contra la pared con tal de no oírla más. Recuerdo que cuando colgué, seguía maldiciendo la mala hora en que tomé con mis manos ese dichoso aparatejo para hablar con alguien que quería mi trabajo “gratis”. Y mi marido al costado me dijo, no te amargues así hay gente, es una loca más en el mundo.

taller2.jpgAl pasar algunos días, la voz seguía en mi cabeza, y ya era una molestia, más que solo un mal momento pasado. La cosa es que al final del mes decidí llamarla y conversar de un proyecto, que por culpa de esa voz no dejaba mi cabeza.

Yo en mi taller necesitaba manos extra, pues no se porque Dios solo me puso dos, una a cada lado de mi cuerpo, si yo con el trabajo que tengo necesito volverme ciempiés. La cuestión fue que la llame, y ella me contesto de muy buenas maneras, y arreglamos una cita con algunas de sus muchachas.

A la loquita la conocí, y me cayó muy bien, pero de todas maneras la miraba recelosa, y con un poco de desconfianza. Probé a sus chicas, que por cierto solo me trajo tres. De estas tres solo una paso mi examen, a la cual le ofrecí trabajo enseguida. Esta chica, llamada Martina, un día se me apareció con otra chica, que me dijo ser su prima, pero al necesitar ayuda dije, “vamos a probar” y las deje pasar. Así conocí a María.

taller4.jpgMartina y María, muchos días estuvieron lavándome la cabeza, me pidieron una y otra vez que por favor conociera su ciudad (por así llamarla), y al fin de un largo proceso de convencimiento dije: “Voy a ir una sola vez a ver que hay, pero no me comprometo a nada”. Así volví a llamar a Marcela, aquella voz de la loca que quería mis cosas gratis, y convinimos el día y hora para llegar a ese pueblito.

Así, decidí en un acto de completa locura llegar hasta Pamplona Alta a conocer al dichoso grupito. Aquel día Marcela estaba acompañada de su mamá, Otilia, y les juro que la sensación al ir internándonos en ese pueblito era tanta y tan fuerte que hasta me daba miedo.

Hoy, tres semanas después, les puedo presentar nuestro taller, aun es a la intemperie, y espero que pronto con la ayuda de todos ustedes podremos ponerle un techo y ventanas a este hermoso proyecto, estamos trabajando. Nuestro taller se llama “Las Arañitas de Pamplona”, tenemos el sueño de crecer. Si deseas ayudarnos a lograrlo, o conocer más de nosotros visita Compartiendo sin Fronteras, ahí conocerás a fondo nuestro proyecto y lo que necesitamos de ti.

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